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04 diciembre, 2008

Creatividad: esfuerzo y condición

> El sentido común suele plantearse la creatividad desde dos juicios mutuamente excluyentes: es un don misterioso que algunos tienen o todos somos creativos.

Un atajo para esa dilemática es poner el acento en las técnicas de estimulación de los procesos creativos, que las hay y muy buenas en los contextos adecuados.

Una posición diferente es la desarrollada por Howard Gardner en “Mentes Creativas”. Paradigma que solemos analizar – power point mediante – en seminarios y talleres dedicados a la gestión cultural.

Se trata del minucioso estudio de siete casos de máxima creatividad: Freud, Einstein, Picasso, Stravinsky, Eliot, Graham y Gandhi.

Recorre así diferentes campos de trabajo y diversos talentos. Recordemos que Gardner es quien propone la existencia de múltiples tipos de inteligencia.

Se trata de un modelo más sistémico que se ubica, por así decirlo, antes de la técnica. Intenta responder a la pregunta ¿Dónde está la creatividad?

Desde nuestra visión este modelo cierra el dilema del sentido común al investigar como algunas personas logran desplegar todo el potencial creativo que entraña la condición humana misma.

Todos somos creativos pero plasmar ese potencial en un obrar reconocido en “un contexto cultural concreto” es un proceso complejo que va a demandarnos esfuerzos de todo tipo. Simplificando en extremo las conclusiones del texto de Gardner proponemos un pequeño cuestionario que interpela nuestra vocación por desplegar ese potencial creativo que todos creemos tener:

¿Logramos enfocar nuestra vocación en un campo de trabajo?
¿Mantenemos nuestro asombro primero ante el mundo?
¿Estamos dispuestos a invertir diez años de trabajo en dominar ese campo que nos apasiona?
¿Somos capaces de convivir con nuestros fracasos y aprender de ellos?
¿Sabemos buscar el apoyo adecuado en el momento justo?
¿Confiamos en nuestras ideas y proyectos al extremo de crear un ámbito propicio para su desarrollo?
Finalmente ¿Tenemos fe en nuestras propias fuerzas, o en Dios o en la trascendencia del arte, técnica o ciencia que dominamos?

Las respuestas serán, naturalmente, personalísimas. Es más, todos aceptamos y rechazamos, casi cotidianamente, desafíos de todo tipo. Y en el ejercicio de esa libertad radica nuestra legitimidad como personas.

Nadie está obligado a ser creativo. Pero, desde este y otros estudios de caso, nadie desarrolla todo su potencial creativo sin un esfuerzo semejante.

Hay otra manera de plantear la misma cuestión: ¿esta o aquella organización facilita o entorpece esos esfuerzos? ¿Favorece o limita el potencial creativo de sus integrantes?

Por supuesto que hay otros factores que el autor desarrolla: los entornos socioculturales, los contextos epocales, la estructura de los ámbitos de expertos que evalúan un campo de trabajo concreto. Un texto con más de cuatrocientas páginas cuya primera edición data de 1995 ¿Una tapa vieja?

Notas Relacionadas:

Gestión Cultural y Climas Creativos

Ritmos Creativos

Educar en Creatividad

01 octubre, 2007

Agosto de 1990: Medios, Comunicación y Cultura


Medios, Comunicación & Cultura fue una revista que, dirigida por Raúl N. Barreiro, circuló hacia fines de los años 80 y principios de los 90 si la memoria no falla – debo confiar en ella porque no tengo la colección completa.
Y debo apelar a la memoria porque no pude encontrar en Internet ninguna referencia a ella.
Muchos nombres memorables figuran entre sus colaboradores: Nicolas Casullo, Mario Giorgi, Henoch Aguiar y un ascendente Jorge Telerman; por citar sólo algunos.
La compleja trama que propone su nombre mostraba escenarios diferentes para la vida cotidiana de aquella democracia incipiente que habíamos sabido conseguir.
En este número de agosto de 1990 decía uno de sus títulos: “Tiemblen cadenas: llegó la televisión comunitaria”.
Una nota firmada por Alberto López sostenía que “Unos 70 canales de televisión comunitaria (o “trucha”, según se mire) esperan una definición oficial sobre su situación legal”.
A lo largo del texto se recogen testimonios – casi todos anónimos – sobre las dificultades técnicas y presupuestarias para operar estos “canales”. Da cuenta de la conformación de la Asociación de Televisoras Comunitarias y de un proyecto por el cual el Ministerio de Acción Social de la Provincia de Buenos Aires otorgaría un subsidio a cambio de la difusión de información del organismo en la comunidad.
En la misma página Aguiar – quien sería más tarde Secretario de Comunicaciones de la Nación – alertaba sobre los peligros de conformación de monopolios mediáticos a partir de cambios entonces proyectados en la ley de radiodifusión.
Ya sabemos que las televisoras comunitarias no lograron salir de la encerrona marcada por la falta de legalidad, las dificultades técnicas propias del medio y la indiferencia estatal frente al fenómeno.
Sabemos también que la ley de radiodifusión fue retocada para permitir que una misma empresa pueda ser titular de diferentes tipos de medios lo cual abrió paso a la conformación de los grandes grupos multimedia.
Y que aquellos vientos para la democratización de los flujos de comunicación se han refugiado en Internet y, en alguna medida, en las radios de baja frecuencia.Queda de aquella experiencia, nos parece, la necesidad permanente de mirar cómo los medios van influyendo en la cultura cotidiana y hasta dónde es posible construir espacios comunicacionales que vayan más allá de los intereses comerciales.

21 septiembre, 2007

Julio de 1987: Adiós Crisis


A poco de los alzamientos militares de la semana santa de 1987 veía la luz la revista Fin de Siglo, bajo la dirección periodística de Vicente Zito Lema. Venía a reemplazar –intento sin éxito por cierto – a la ya entonces mítica revista Crisis.
El editorial se título, precisamente, “Adiós Crisis”. Un texto clave para pensar la relación entre cultura y política. Y -¿por qué no?- para pensar algunos mecanismos de gestión derivados de ese debate.
Es necesario, por elemental honestidad con nuestros lectores, decir que no coincidimos con los supuestos políticos, ideológicos y culturales del autor de aquel texto. Pero Crisis fue uno de los grandes hitos de la cultura argentina como lo habían sido, en otros tiempos y contextos Martín Fierro y Sur. Dice el editorialista:
Saben de Crisis, la revista de nuestra juventud, en la que escribimos desde el principio, que luego dirigimos y que nos llevó al destierro como a niños de la mano. Saben del regreso junto a Federico Vogelius; del sueño otra vez en marcha. Saben del cancer de nuestro editor, de los herederos que cumpliendo con su voluntad mil veces manifestada nos permiten continuar con el proyecto. Saben del “Punto Final”, que separó las aguas y obligó, ya sin tapujos, a sacarse las máscaras. Saben de la llegada del Papa, de las duras críticas que publicamos por una elemental cuestión de conciencia. Saben de la discrepancia con nuestra línea editorial de algunos integrantes del equipo original, que se marchan. Saben que los editores, contrariados por nuestras posturas – éticas, más que políticas – clausuran la revista y despiden a cada uno de los periodistas que la hacíamos.
Pero también es bueno que se sepa: 1) La familia Vogelius sólo pagó el 50% de las indemnizaciones, lo que fue aceptado en algunos casos por necesidad y en otros por la esperanza de que nos permitieran seguir por nuestra cuenta con la publicación. 2) La familia Vogelius, a la par, nos dio su palabra de cesión del nombre Crisis, e incluso nos ofreció su ayuda, sabiendo que así cumplían con los deseos del fundador de la revista. 3) La promesa no se concretó; quizás por miedo, o por desmedido afán de riquezas de quienes heredaron el patrimonio pero no el coraje civil de Federico Vogelius. Esto coincide con la aparición – casi estereotipada – de un estanciero millonario con veleidades culturales. 4) El estanciero, aun en conocimiento de nuestras tratativas y de nuestros derechos sin papeles, ofreció una altísima suma de dólares y se quedó con la revista (no con su historia). 5) Simultáneamente nos invitó a continuar en la dirección – que fue también la propuesta de los vendedores -, pero a cambio estaba la “sugerencia” de “flexibilizar la línea editorial”. 6) Nuestra respuesta fue la única que correspondía.
Cerramos el pasado sin ocultar la pena, pero con la misma firmeza que mueve al trapecista a seguir avanzando sobre la cuerda tendida. No hay mayor abismo que el miedo. No hay otro remedio contra el miedo que seguir avanzando. Así de simple.
Adiós Crisis, adiós. Todas las cuentas esta noche quedan saldadas. (...)
Quizás abundemos, pero cuesta esta noche dejar la máquina de escribir. Por ello puntualizamos:

Seguiremos creyendo en la belleza, aunque hoy tenga su rostro quemado.
Seguiremos creyendo que la primera obligación de un intelectual es comprometerse en la defensa de la condición humana.
Seguiremos creyendo que nuestra estructura social está irremediablemente podrida y hay que construir otra más justa y solidaria, donde el deseo no sea enemigo de la razón y el orden admita la importancia del caos.
Seguiremos creyendo en la imaginación, en la paciencia, la firmeza y el coraje. El buen análisis y el mejor debate.
Seguiremos creyendo que es necesaria la unidad, no sólo de la izquierda, sino de todos los que sueñan que la vida puede más que la muerte y estén dispuestos a lograrlo.
Seguiremos creyendo que la sociedad es un territorio para la lucha de clases. Pero hay otra lucha profunda por la libertad que se libra cotidianamente en cada cuerpo, en cada espíritu.
Seguiremos creyendo que la cultura es un arma decisiva para que nuestra obstinación se cruce algún día con la historia. Vicente Zito Lema


La cultura aparece como subordinada – “es un arma” – a una posición ideológica muy específica. Pierde así su autonomía y, naturalmente, su flexibilidad. Más que como estrategia de vida aparece como estrategia de poder. Que ni siquiera responde a un colectivo social significativo sino más bien a un grupo más o menos auto proclamado.
Pero además se convalida sólo una visión de la realidad política: miembros del “equipo original”, los “herederos” y el nuevo mecenas – finalmente Vogelius también era un empresario – son apartados de toda consideración en virtud de la “única respuesta que correspondía”.
Pareciera ser que la muerte del mecenas original –Federico Vogelius – desata las sucesivas rupturas de un proyecto que, como el de Crisis, era a nuestro juicio mucho más amplio.
Es natural que las revistas culturales se involucren de un modo u otro en la lucha política de su tiempo. Lo que vemos aquí es como llevado a un extremo se convierte en subordinación política que cancela proyectos culturalmente valiosos. Crisis reflejó cabalmente un momento del pensamiento progresista porteño y – por extensión – urbano.
Se puede o no estar de acuerdo con ese modo de ver la política pero Crisis era un producto culturalmente valioso aún para los que pensábamos desde otros lugares. Ninguno de los variados intentos de recrear ese espíritu logró su esplendor.
Un tema aparte es el debate puntual sobre derechos patrimoniales y laborales entre los “herederos” y el equipo periodístico. También aquí aparece la sobre carga de temas ideológicos por sobre cuestiones más elementales para la gestión: los derechos no registrados quedan a merced de la buena voluntad de las partes y esto, como se vio, es una amenaza que puede liquidar la mejor de las intenciones.
Los proyectos culturales pueden tener – y de hecho tienen siempre – supuestos e implicancias políticas. Pero también deben tener autonomía, profesionalismo y sobre todo, convocatorias más amplias tanto en tiempo y espacio como en comunidades humanas.

14 septiembre, 2007

Enero de 1975: sobre Gauchos Judíos


Semana del 24 al 30 de enero de 1975; Siete Días Ilustrados N° 399. Una tapa vieja, después de todo ¿Por qué no? Así como hay blogs que publican las tapas de la semana o los tapas por venir la gestión cultural puede darse el gusto de revisar viejos archivos; eso son nuestras tapas viejas.
Virginia Faiad nos mira desde su bikini amarilla: no hay siliconas, ni colágenos ni anorexias.
Títulos de tapa: Gomez Morales: inflación, desabastecimiento, gestión en USA, terrorismo. Terror en Mar del Plata: el boom de los fracasos. Y un HOY (así, grandote): Gauchos Judíos, La Salada, Princesa Grace. Esos eran los temas.
La economía, una preocupación permanente de la economía, una mala temporada teatral en la costa atlántica y La Salada que en aquella época era sólo un paseo dominguero de piletas y bronceadores baratos y no una feria de dudosa legalidad y peor reputación.
¿Cuánto puede decirnos de la cultura de un país una tapa vieja? Muchas continuidades – la chica de tapa, la inflación, la violencia. Algunas discontinuidades: un mundo sin photoshop y con pancitas no anoréxicas.
Pero también la narrativa de la propia cultura, sus creaciones artísticas, sus identidades – así, en plural.
Por ejemplo “Los Gauchos judíos: paisanos de pura cepa. En medio del agobiante verano porteño Juan José Jusid se sumergió en el rodaje del libro de Alberto Gerchunoff. Los tics y las manías de los colonizadores presentada con humor y ternura. Anécdotas, entretelones y curiosidades de la filmación”.
Se refiere a la filmación de “Los gauchos judíos” que en aquel enero se llevaba a cabo en Campo de Mayo – predio del Ejercito de la Argentina.
La nota cuenta las dificultades que tuvo la producción para recrear el habitat, los trajes y los usos y costumbres de aquellos judíos que expulsados de su Rusia natal vinieron a refundar su cultura en nuestra provincia de Entre Ríos.
Dos declaraciones a la revista ilustran el clima de la filmación:
Decía la actriz China Zorrilla: “Tanta era la confusión – bromeó – que tuvo que pasar bastante tiempo hasta cerciorarme de que yo misma no era judía”.
Y Oscar Viale, uno de los libretistas y actor de la película, dijo: “Recurrimos a un tipo de humor amplio, no restringido a la comunidad, y nos preocupamos de que nuestros personajes sean creíbles y queribles a la vez – teorizó – . En definitiva el film es un canto a los gauchos judíos, pero creemos que se lo merecen. Yo recorrí con el equipo los campos que ellos poblaron y civilizaron y allí tuve la cabal sensación del esfuerzo que realizaron. El paisaje es lo más inhóspito que uno de puede imaginar y las condiciones históricas fueron realmente duras. La verdad es que aquellos paisanos tuvieron un coraje a toda prueba. Lo afirmo yo – acotó con un dejo de picardía – que soy uno de los pocos no judíos del equipo”.
Lo sintetizó muy bien el actor Pepe Soriano: “ Ninguno es totalmente judío, ninguno es totalmente criollo”.
La nota de Siete Días Ilustrados cierra con una declaración de Gustavo Luppi – hijo de Federico – quien interpreta al autor de la novela original, Alberto Gerchunoff: “...Sentí que me había transformado en uno de los pilares del relato y comprendí, a la vez, que ese no era mérito mío sino el reflejo de trabajo en equipo en el que había oficio, talento y, sobre todo, un gran amor hacia la obra”.
La verdad es que rara vez se encuentra una síntesis tan acabada del accionar cultural: equipo, oficio, talento y amor por la obra.
En enero de este 2007 tuve oportunidad de recorrer Basavilbaso en Entre Ríos, uno de los escenarios privilegiados de la epopeya de los gauchos judíos.
Las tres sinagogas existentes están muy necesitadas de mantenimiento y, sobre todo, de mayor atención como parte del patrimonio cultural de la nación.



Hay un cierto descuido y, pareciera, una total falta de comprensión de la profundidad de esa experiencia humana que como dijo de los actores “no es totalmente judía ni totalmente criolla”. Es, irrepetiblemente argentina.
La película de Jusid suele ser exhibida por el canal Volver y se consigue en algunos videoclubes . La novela original, escrita en 1908, se consigue en cualquier librería.
Dicho sea de paso, el año próximo se cumplirán los cien años de la obra, una oportunidad para mostrarle al mundo una experiencia tan singular como la colonización – no sólo judía – de nuestra provincia de Entre Ríos.
Desde el punto de vista de la gestión cultural es un excelente ejemplo de cómo el cruce entre lenguajes artísticos – literatura y cinematografía, en este caso – es capaz de proyectar identidad cultural cuando se asienta en una experiencia humana significativa.
Una tapa vieja, impresa hace más de treinta años nos permitió recuperar esta historia. Conservar, revisar, analizar y difundir nuestro patrimonio impreso también es hacer gestión cultural. Es, también, una manera práctica de confrontar con ciertas miradas efímeras de la cultura; donde pesa más la moda, la contingencia de la pura operatividad – y las conveniencias del mercado – que la hondura que, desde todo punto de vista, tiene toda experiencia humana.