24 septiembre, 2015

Patrimonio e identidad cultural: aproximaciones preliminares

- Nadie duda de la relación íntima entre patrimonio e identidad cultural. Ambas realidades se requieren mutuamente activas para ser tales. O, para decirlo más llanamente: no hay identidad cultural sin un patrimonio cultural material e inmaterial que la sostenga.

- Tan necesaria es esta relación que, para ser claros, necesitamos partir de la mala noticia que lleva implícita: el patrimonio cultural es caro, muy caro. Sin inversión no hay patrimonio y sin patrimonio no hay identidad.

- Y cuando decimos inversión nos referimos a recursos de todo tipo de los cuales el más importante no es el monetario aunque a veces parezca lo contrario.

- ¿Reduce esto el problema a una cuestión de economía de la cultura? No, pero ayuda y mucho empezar por ahí. Eso intenta poner a debate mi participación en estas jornadas.

- Un buen subtítulo para esta ponencia podría referirse a modelos sustentables de gestión del patrimonio cultural en el medio rural. Una sustentabilidad que tendría que atender, por lo menos, tres ejes:
* sustentabilidad ambiental
* sustentabilidad participativa y
* sustentabilidad financiera

- Permítaseme citar a una amiga y colega que ha trabajado mucho en el Proyecto Huellas, María Silvina Iroleguy, quien hablando del próximo congreso internacional de patrimonio cultural en el medio rural que se hará en Benito Juarez, provincia de Buenos Aires en noviembre próximo quien decía que, para hablar de patrimonio cultural hay que:

"Trabajar en el sentimiento colectivo, con gente que quiere comprometerse con la comunidad, que quiere cambiar las formas de relacionarnos con nuestra cultura. Emancipar el conocimiento mediante la expansión de los saberes y la co-creación de contenidos y metodologías. De este modo conoceremos las distintas formas de ver, tratar y considerar al patrimonio rural como generador de riqueza y posibilitar a los agentes locales el desarrollo de iniciativas culturales y económicas innovadoras y sostenibles dentro de su propio territorio."

- Como se ve están presentes estos tres ejes a los que hacíamos referencia; la participación, la sustentabilidad y la economía yendo, incluso, un paso más adelante: la creación de riqueza.

- Pero antes de avanzar por el camino de la economía de la cultura conviene decir que el concepto mismo de patrimonio cultural está cruzado por varios debates teóricos que nosotros vamos a omitir en razón de la brevedad.

- Sí necesitamos dejar sentada posición en cuanto a que patrimonio natural, patrimonio histórico y patrimonio cultural forman parte de una misma construcción social e histórica a la que llamamos cultura. Es decir que no se trata de fenómenos aislados en sí ni mucho menos de realidades rígidas e inmutables sino que están sujetas al cambio y la creatividad de las personas y las comunidades. Son parte fundamental de esa estrategia de vida que, siguiendo a Kusch, denominamos cultura.

- De lo cual se desprende la necesidad de "abrir los modelos mentales" con que operamos sobre el patrimonio. Entender que el patrimonio cultural está sujeto a presiones y disputas de poder que nunca son inocentes. Y que una construcción democrática y participativa del patrimonio común requiere decisiones políticas y económicas surgidas desde las complejas tramas sociales de nuestras comunidades sin exclusiones de ningún tipo.

- Y que debemos prevenirnos contra todo intento de imponer una visión única y verticalista de la identidad y el patrimonio cultural. Como solemos decir: la cultura no debe pedir permiso.

- También el concepto de identidad cultural está habitado por múltiples confusiones: la más grave de ellas es la idea de una identidad cerrada sobre sí misma e inmune a los cambios.

- Una identidad cultural que se desangra en las pérdidas a que es sometida por el influjo creciente de la "globalización" que todo lo destruye. Cierto es que hay una globalización escrita
desde el poder y que tiende a la uniformidad de la experiencia humana.

- Pero también hay una globalización asentada en la construcción de nuevas y más democráticas convivencias planetarias. Donde el conocimiento, la tecnología y nuevas formas de socialización son posibles a condición de centrarse, justamente, en la propia identidad cultural.

- ¿Pero qué es entonces la identidad cultural? El conjunto de rasgos, costumbres, tradiciones que nos hacen ser diversos de otras experiencias humanas construidas en el tiempo y el espacio por los diferentes actores sociales que habitan un territorio.

- Porque la identidad cultural es siempre una constatación de la otredad inevitable de la experiencia humana. Aun en la universalidad de la que toda persona forma parte.

- Rodolfo Kusch, filósofo argentino empeñado en desvelar lo americano profundo, decía que "Una cultura americana no ha de consistir en ver alguna vez un cuadro y decir que ese cuadro es americano. Lo americano no es una cosa (...) La cultura americana es ante todo un modo: el modo de sacrificarse por América".

- Parafraseando a Kusch podemos decir que la identidad cultural no es una cosa sino el modo en que nos sacrificamos por nuestro hábitat.

- Pensadas desde allí patrimonio e identidad cultural son cualquier cosa menos un conjunto de repositorios prolijamente catalogados: son materia viva que co creamos en comunidad mediante nuestra decisión de construir este pedazo de mundo sobre el que asentamos nuestro domicilio físico y existencial. Después vendrán las técnicas de catalogación, las restauraciones y las puestas en valor.

- Allí la técnica cobrará un valor superior que la técnica misma: el valor de nuestra decisión cultural de estar aquí, en este mundo nuestro, dialogando con el mundo otro. Y en absolutos términos de paridad humana.

- Permítaseme ilustrar esto, brevemente, con la experiencia de mi propio pedazo de mundo: la ciudad de Glew en el conurbano bonaerense.

- Glew era hacia mediados del siglo pasado un pueblo rurbano donde el tambo empezaba a dejar paso a la ciudad dormitorio que proveía de mano de obra a la creciente industrialización de las periferias porteñas.

- Llegó entonces un artista plastico - Raul Soldi - que propuso y logró pintar la capilla del pueblo en acuerdo con la comisión Mediator Dei del Obispado de Buenos Aires.

- La pintura consiste en narrar la vida de Santa Ana y San Joaquín, padres de Maria, abuelos de Jesús, en las calles y con las costumbres del pueblo de Glew. Así el milagro evangélico ocurre en la esquina de mi barrio, en sus calles polvorientas, pueden verse los por entonces últimos molinos de viento que abastecian de agua a la producción rural.

- Con el tiempo e investigando la génesis de la obra supimos que la misma formaba parte del movimiento de inculturación del mensaje evangélico que culminó con las reformas del Concilio Vaticano II. El equivalente, en artes plásticas, a La Misa Criolla.

- Lo interesante del caso es que las familias más tradicionales del pueblo se opusieron a la obra porque no respetaba las tradiciones locales.

- Hoy, apenas seis décadas después, no es posible pensar la identidad de nuestra ciudad sin la capilla pintada por Soldi, además de otras obras como la fundación que lleva su nombre y exhibe sus cuadros y administra una sala teatral donde se forman elencos de vecinos que han obtenido diversos premios. Y además la Biblioteca Pablo Rojas Paz que al homenajear al escritor tucumano nos emparenta, por ejemplo, con la fuente de las Nereidas de la escultora Lola Mora.

- Ese patrimonio cultural se montó a pesar de las tradiciones locales recombinando disponibilidades propias y ajenas. Se sacrificó una parte de la identidad preexistente para gestar una identidad más potente.

- Una identidad cultural que - diría Kusch - está siendo y que, en un punto, no ha terminado de desplegarse en toda su potencialidad.

- ¿Estamos diciendo que para gestar nuevas identidades culturales es siempre necesario sacrificar lo existente? De ninguna manera.

- La identidad y el patrimonio cultural son siempre el producto de recombinar lo existente, lo apropiado, lo prestado y lo que, en un extremo, podría no existir. Incluso resignificando aquello que se nos ha impuesto contra nuestra voluntad, como cuando mapuches, guaraníes o collas resignifican el término "indios".

- ¿Podría imaginarse la cultura urbana de la Argentina sin el llamado rock nacional? Un movimiento cultural que nació de reprocesar un elemento cultural ajeno impuesto por la industria musical norteamericana.

- Incluso el rock nacional funcionó como herramienta de lucha contra las variopintas dictaduras que sufrimos durante la segunda mitad del siglo pasado.

- Y si hablamos de préstamos, imposiciones, apropiaciones, de lo propio y de lo ajeno estamos hablando de economía de la cultura: la aplicación de recursos escasos a fines múltiples.

- La diferencia sustancial es que el patrimonio y la identidad cultural son fenómenos abundantes. De hecho podríamos hablar, parafraseando a Santillán Güemes, de los múltiples e infinitos modos en que las personas y las comunidades resuelven sus relaciones esenciales con la propia comunidad, las otras comunidades, la naturaleza y lo que consideran sagrado con el objeto de dar continuidad y sentido a su propia experiencia cultural.

- En términos económicos el patrimonio cultural puede perfectamente ser asimilado al stock de las organizaciones comerciales. Solo que en esto las organizaciones comerciales tratan de llegar al nivel cero de stock ya que su mantenimiento es muy caro, tanto en términos financieros cuanto en términos de acondicionamiento, seguridad, etcétera.

- En el terreno de la cultura está claro que no podemos siquiera pensar una situación de stock cero: no habría lenguajes, ni símbolos ni convivencia posibles. De allí que digamos que la cultura es el fenómeno más caro pero también más irremplazable de la condición humana.

- Las empresas resuelven esto mediante diversas técnicas productivas que tienden a la movilización permanente de sus stocks ¿Podemos aprender de estas técnicas para hacer más sustentable el patrimonio cultural? Creemos que sí, a condición de no olvidar que estamos hablando de continuidad y sentido y no de un simple problema de costos.

- En primer lugar entendiendo que el patrimonio cultural es una disponibilidad que entraña costos pero que consagra el valor en la medida que lo usamos. Para decirlo más directamente: no hay patrimonio cultural más caro que aquel que no se usa intensivamente.

- Hay un uso evidente, muy consagrado, que es el turismo cultural: la posibilidad de atraer audiencias hacia nuestros territorios en función de un patrimonio cultural bien organizado y adecuadamente interpretado. Un uso económico que siempre podemos mejorar.

- Pero hay otros usos menos extendidos pero que también tiene implicancias económicas: el cruce con otras experiencias de los sectores públicos, sociales y aun privadas. Por ejemplo las bibliotecas, las escuelas, los hospitales y aun los cuarteles militares.

- Si logramos esto es posible pensar en el público ya no como audiencias sino como socios privilegiados en el sostenimiento y promoción del patrimonio cultural. Nuevas tecnologías como las plataformas de crowfunding pueden ser claves en el fondeo de nuestro patrimonio.

- La diferenciación entre bienes cuya conservación requiere condiciones de guarda muy estricta de aquellos que pueden ser movilizados más intensamente saliendo a la búsqueda de públicos.

- Por último es clave pensar el cruce con las industrias culturales. Un ejemplo obvio es que todo patrimonio (natural, histórico, cultural) puede ser instrumentado como locaciones para las producciones de las industrias culturales.

- Para sintetizar: el cruce entre identidad y patrimonio cultural requiere de nuestro sacrificio en defensa de nuestro hábitat, un sacrificio en el que necesitamos salir del espacio de los especialistas para involucrar a todos los habitantes del territorio. Pero también de la instrumentación económica en términos de movilización de recursos. No se trata de una u otra sino de la recombinación creativa de ambas dimensiones y sus respectivas variables.

18 septiembre, 2015

Proyectar cultura: talleres en Chubut

En el pasado mes de junio dictamos un taller intensivo sobre realización de proyectos culturales junto
a nuestro amigo y colega Jorge Suarez Armillei. En esa oportunidad la Lic. María del Carmen Arias nos realizó una entrevista para el área de comunicación de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco. Publicamos ahora el texto de la misma:

“LA CULTURA ES ESTRATEGIA DE VIDA”
“La cultura es estrategia de vida” afirman Fernando de Sá Souza  y Jorge Suárez Armillei, coordinadores del taller intensivo de realización de proyectos culturales" (17 y 18/6) organizado por la Asociación de Bibliotecarios del Chubut y la Biblioteca “Gabriel A. Puentes” de la Trelew  de la UNPJSB.
“Vamos donde nos convocan - enfatizan -, con la expectativa de contribuir a la autonomía y la profesionalización de la gestión cultural.
La propuesta estuvo orientada a estimular “la cultura de la participación a través de instrumentos que promuevan el desarrollo local a través de la elaboración de proyectos” y se ha replicado en distintas provincias.
Sá Souza es licenciado en Gestión y Administración de Políticas Culturales y es docente de Creatividad del Ministerio de Educación de la CABA; de Administración cultural en la Universidad Nacional de Avellaneda; de Nuevas Tecnologías en la Universidad Nacional de Lanús y de Estrategia y negociación en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. En su extenso currículum como conferencista y autor, suma el planeamiento, ya que fue coordinador de la Dimensión Social del Consejo del Plan Estratégico de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires .
 Jorge D. Suárez Armillei, Técnico Superior en Administración y Gestión de Políticas Culturales,  se ha desempeñado en diversos organismos nacionales vinculados a la música, la danza, la comunicación y la educación. Desde 2007 ocupa lidera proyectos de la Fundación PUPI (Por Un Piberío Integrado) vinculados a la edición de libros. Es también autor literario y guionista.
Los docentes plantean que es posible lograr la concreción de esas iniciativas con una gestión más profesional. “Esto requiere parámetros más desarrollados, saber a qué público me dirijo y conocer cuáles son los aportes que pueden hacer los sectores público y privado a través de líneas de promoción que puedan existir, programas nacionales, provinciales, etc.”, indican.
Aquí, con un optimismo que en forma visible supieron transmitir a los participantes del taller agregaron que “hay que aprovechar los circuitos en vigencia, pero si no alcanzan se pueden crear nuevos”
“No podemos obviar que el campo cultural comprende del 3 al 5% de la economía global”,  apunta Sá Souza .
SER HUMANO ES SER CREATIVO
“Parte de nuestro trabajo es movilizar las capacidades creativas,  que quedan escondidas detrás de prototipos de comportamiento no suficientemente debatidos. El aspecto más estudiado es la expresión artística, pero no interesa poner en discusión al sentido común o más, desmantelarlo”, coinciden.
“Debemos reconocer las propias capacidades y las del otro. Asumir que la creatividad no se trata de un don misterioso, es lo que nos convierte en humanos.
Todos somos creativos,  pero pocos lo desarrollan y menos viven de su creatividad, Primero tenemos que ver las facetas creativas y luego desarrollarlas. Pero todos empleamos creatividad para la vida cotidiana, el trabajo, y en general todos tenemos ideas por ejemplo para resolver situaciones o para mejorar la calidad de vida en las ciudades. Sí es necesario emplear herramientas para canalizar esas ideas.
 “Ponemos el acento en la necesidad de entrenar la capacidad de formular proyectos sistemáticamente, empleando una multiplicidad de herramientas,  a las que se accede abrevando en capacitaciones formales o no”,  precisa Suárez
Un paso fundamental es profundizar para entender el problema, tal vez así descubramos que no hay una única solución. Otro aspecto es que nuestros proyectos aporten no solo a la coyuntura,  sino a mediano  y  largo plazo.
CUESTIONAR Y TRANSGREDIR
“Apuntamos a la autonomía de la gestión cultural frente al mercado, el estado y la política como únicas expresiones posibles. Por supuesto que es importante que los criterios vinculados a la creatividad y  la cultura sume a referentes de los poderes ejecutivos, pero el campo cultural excede a los organismos. Apelamos a los emprendedores para que desarrollen sus iniciativas, lo que también comprende  al sector privado e inclusive al empresarial.
Cuando hablamos de la ´crisis de la Modernidad´ que tuvo muchas virtudes, pero impuso la verticalidad entre otras características -  - esto se corresponde con el fin del modelo de las grandes secretarías de cultura y  la aparición de consejos, institutos, estructuras más dinámicas que den cuenta ya no de ´la´ cultura sino de ´culturas´ que se desenvuelven en diferentes territorios,  a través de abordajes multidisciplinarios.
La mirada cerrada de la cultura, que solo legitima las artes académicas por ejemplo,  el patrimonio cultural, limita el desarrollo del ser humano, que es diverso por naturaleza.
En este sentido, la cultura no puede ser sistémica,  es por definición cuestionadora y transgresora”.
Lic. María del Carmen Alvarez
Comunicación Universitaria
UNPSJB sede Trelew
La semana próxima estaremos nuevamente en Trelew presentando la ponencia “Patrimonio e identidad cultural en ambientes rurales” en el marco de las II Jornadas Bibliotecarias de la Patagonia y VII Jornadas Bibliotecarias del Chubut.
En ese marco volveremos a encontrarnos con los participantes de este taller para compartir experiencias y perspectivas.

27 febrero, 2015

¿Hacer cultura? ¿Para qué?

Todas las personas hacemos cultura; sólo que algunos haceres son más visibles que otros. Cuestión
de recursos, de capacidades, de prestigios y, por qué no, de poderes diferentes.
La mayoría de las personas hace cultura de un modo inconsciente y en el acto mismo del vivir cotidiano; otras de un modo deliberado, con objetivos precisos. Entre unas y otras todas las graduaciones son posibles para este hacer cotidiano, social e histórico que pretendemos englobar bajo el concepto genérico de hacer cultura.
"Lo cultural" está cada día mas presente en la agenda pública, por lo menos en el plano discursivo. Casi no hay pagina de diario donde, por una u otra razón, no se mente "lo cultural" como origen de los mas diversos fenómenos: desde los accidentes de tránsito hasta el calentamiento global parecen depender de un cierto sustrato humano al que llamamos cultura. Sobre el que se predican las más diversas formas de intervención publica o privada o, mejor aun, ambas a un tiempo.
Las personas hacen cultura a través de pequeños gestos. Decisiones mínimas que, a través de procesos complejos, a veces incognoscibles, devienen cultura.
Cuando alteramos la forma de preparar un alimento o incorporamos un producto nuevo a nuestra vida cotidiana estamos haciendo cultura en el sentido mas amplio del término.
Cuando decidimos ir a ver un espectáculo musical y no otro; o no ver ninguno; estamos haciendo cultura.
Cuando algunas formas sexuales pasaron de ser practicas prostibularias o clandestinas a una opción más dentro del juego amatorio de cualquier pareja estamos haciendo cultura.
Porque la cultura esta hecha de esos pequeños gestos cotidianos que ejecutamos porque sí; porque nos placeen, porque acostumbramos. Son reiteraciones de un antiguo mapa mental que hemos heredado en su mayor parte; que hemos adquirido por la educación o, incluso, por el peso creciente de las industrias culturales.
Quizás, "el principio del placer" de Sigmund Freud o ese "interprete" memorioso y acomodaticio que, según las neurociencias, aloja nuestro cerebro para orientar nuestro vivir cotidiano.
Un repertorio cotidiano provisto por la cultura sobre el que vamos escribiendo cambios y permanencias según las movedizas condiciones de nuestros entornos físicos y simbólicos.
Claro que algunos de esos cambios son simples modas pasajeras sin otra consecuencia que su rápido reemplazo. Pero otros, tal vez los menos, perfilan nuevos modos de ser humanidad.
El gesto - cuya complejidad merece más que este breve texto - es el espacio mas íntimo de ese hacer cultura; el lugar del libre albedrío mismo.
El gesto puede consistir, en un extremo, en hacer existir aquello que podría no existir. Y entonces ya estamos creando un mundo que resulte más habitable. Y aun así no ser conscientes del impacto cultural - integral - que puede tener nuestro gesto.
Todo gesto entraña un sentido que pude ser instrumental como cuando ensayamos un modo nuevo de hacer algo. O simbólico cuando significamos un afecto, un artefacto o una ilusión.
¿Cuándo fue, por ejemplo, que los varones argentinos empezamos a saludarnos con un beso en lugar del tradicional apretón de manos?
Gesto y sentido son inseparables. Y, como tales, embrión de cultura. Pequeñas decisiones cotidianas, voluntarias o no, instrumentales o significadas, que articuladas con comportamientos colectivos adquieren dimensión de cultura.
El gesto, aun cuando fuere casual o involuntario, siempre esta situado entre un cierto horizonte simbólico que define lo que podemos imaginar hacer y un suelo o nicho ecológico concreto que presiona como límite y plataforma.
El gesto entendido como simple voluntad de estar ahí apunta siempre a un vivir digno o significado - con sentido - desde la cotidianeidad del vivir. Reflejo de cultura - estrategia de vida, decía Kusch. El gesto es expresión del mero estar cuando remite a la simple necesidad de vivir. Su aparente pasividad encubre un comportamiento - casi - ritual como el de quien se persigna frente a la imagen de la virgen María entronizada a la entrada al tren subterráneo en, por ejemplo, la estación Constitución de Buenos Aires. Eso corresponde al pueblo que pasa y celebra porque vive.
En estos casos el gesto es un residuo del rito; una suerte de hermano menor que en lo cotidiano memora y reinstala la conciencia mítica reiterando un gesto ritual sin ser el rito en sí.
Otra cosa es entronizar la imagen de la virgen porque ahí ya hay un plan, una política. Un acto deliberado en suma, que se imagina, se proyecta y luego se ejecuta.
Hay ya una cierta vocación de poder o, cuando menos, de establecer algún tipo de vínculo con él.
La cultura aparece entonces con un sentido explícito que busca ser de una determinada manera y no de otra. Que proyecta una valoración del mundo y las formas de habitarlo.
Aunque a veces se enmascare detrás de elementos técnicos o del más refinado concepto de buenas prácticas las políticas culturales siempre instalan un sentido.
Las técnicas son necesarias, aún imprescindibles porque construyen capacidades, pero cuando se proponen como sustituto de una cultura devienen subterfugio. Porque hacer cultura supone, ya lo dijimos, instalar un sentido del vivir en comunidad.
Capaz, parafraseando de nuevo a Kusch, de fagocitar todo lo necesario para hacer cultura, incluso las técnicas, desde el propio sentido.
Un sentido que debemos hacer explícito para que sea honesto y promueva convivencia. Porque cuando se escamotea huele a dominio enmascarado. A poder que se oculta.
Todas las formas de poder – aún las más perversas – han proyectado una cultura. De allí la necesidad de exponer los mapas de la cultura y de aquello que solemos llamar lo cultural y sus construcciones implícitas de sentido.
Abrir el mapa significa preguntarse por los protagonismos y las valoraciones ¿El hacer de quién se privilegia? ¿Por qué un obrar es arte y otro artesanía? ¿Por qué los organismos culturales tienen el diseño que tienen? ¿Cómo se definen los presupuestos culturales?
Para promover mejores convivencias necesitamos explicitar, criticar, revisar, de-construir y reconstruir permanentemente el hacer cultura de cada comunidad. Y los mapas culturales que le dan sustento, justificación histórica. Hacemos según el mapa cultural desde donde actuamos; un guión implícito que gusta de ocultarse, volverse sentido común.
Como se dijo, las personas - y las organizaciones - hacemos cultura de un modo cotidiano y permanente si es que consideramos que cultura es todo lo hecho por la humanidad social e históricamente.
Donde lo social se articula de modos a veces misteriosos con lo individual ¿que hace que la creatividad de una persona, o un grupo de ellas, trascienda el tiempo y el espacio sino la persistencia social en valorarla aunque nunca nos pongamos de acuerdo en cómo ocurre esa valoración?
Históricamente porque cada obrar ocurre en un desesperado aquí y ahora donde formulamos, revisamos y cambiamos nuestras estrategias de vida.
Algunas personas e instituciones desarrollan ese hacer cultura como un hacer especializado y consciente: ejecutan políticas culturales para incidir en el devenir histórico de esas estrategias de vida.
Para concebir, planificar, ejecutar y evaluar esas políticas culturales han necesitado definir un término - cultura - que ha estado sometido a los vaivenes del poder de unas personas y sociedades sobre otras. Un poder que se legitima precisamente en un modo de entender y promover algunas formas de convivencia humana en desmedro de otras.
Desde este lugar es imposible hacer cultura sin sustentarse en un cierto modelo de cultura que, naturalmente, no es neutro en términos de derechos y obligaciones y que, con demasiada frecuencia, significan privilegios para unos y onerosas cargas para otros.
Desde la esclavitud y los varios apartheids que supimos construir hasta las exclusiones varias que aun hoy sufren nuestras sociedades, la condición humana se ha basado en distintos modos de hacer cultura que construyeron entre sí relaciones polifacéticas y complejas. Heterogéneas, cambiantes, complejas y conflictivas; nos recuerda siempre Santillán Güemes.
La experiencia humana construye una apropiación planetaria que - en un sentido amplio - podemos rastrear hasta el principio de los tiempos. Los viajes de Marco Polo o la circunvalación del planeta son puntos de inflexión en ese proceso.
La globalización - entendida en su especificidad económica y financiera - es un momento de ese proceso de más largo aliento. La pequeña y la gran historia en términos de Kusch.
Una globalización que está sostenida por la superposición de las más diversas matrices de poder que abarcan desde la vida religiosa de los pueblos hasta los sistemas de distribución de contenidos de todo tipo: socialización, entretenimiento, arte, educación, etcétera.
Sus resultados – los de la globalización – están a la vista; alcanza con leer las conclusiones del informe NUMA 2013 o, para ser más claros, sus advertencias sobre la crisis ecológica terminal que vive el planeta para entender que el actual orden global no sólo es injusto – que ya sería bastante – sino profundamente riesgoso para el sostén de la vida humana misma. Y sin embargo está sostenido por unos modos de hacer cultura que desplazaron, y siguen desplazando, a otros posibles.
No es este el lugar para un análisis pormenorizado de estas matrices de poder que intentan gobernar el mundo pero sí para decir que el hacer cultura no puede ser indiferente a sus tensiones, conflictos y oportunidades. Y de hecho, cuando así se pretende, resulta sospechoso por lo que calla.
Hay, por lo menos, tres aspectos críticos en cualquiera de los modos de hacer cultura sobre los que debiéramos llamar permanentemente la atención:
- la matriz energética de nuestras sociedades por ser la principal amenaza a nuestro nicho ecológico; su concentración en pocas manos; cómo se vincula con nuestros hábitos de consumo; de transporte; con nuestros modos de vivir, en suma.
- la matriz de distribución del ingreso en tanto representación, por un lado de la dignidad de la vida humana y por otro de la inviabilidad de un consumismo insostenible para la salud del planeta tanto como para la convivencia entre la opulencia de unos y las más absoluta marginación de las mayorías.
- la matriz cultural planetaria que no termina de suprimir todas las tendencias etnocéntricas incubadas durante la modernidad pero que tampoco debiera consagrar un relativismo cultural que, en su nombre, tolere las más flagrantes violaciones a los derechos humanos. La situación de la mujer en algunas sociedades es un claro ejemplo del límite imprescindible a la diversidad cultural.
Las tres – y sólo como extremos – se pueden sintetizar en una cuestión de la cual el hacer cultura no puede extrañarse a riesgo de volverse inhumano: la distribución del poder material y simbólico entre las personas y las naciones.
Por eso el hacer cultura siempre debe entrañar alguna distancia con el poder. Mínima a veces; hasta el más crudo enfrentamiento otras. Cuando esa distancia se pierde corre el riesgo de volverse simple propaganda oficialista sin que importe el color del oficialismo.
Poco importa que el oficialismo lo sea de un gobierno, de una ideología, de una corporación multinacional o de cualquier forma de concentración del poder.
De lo cual se deriva la cuestión paradigmática ¿Para qué hacer cultura? Para ser humanidad; la única especie animal que desarrolló conciencia de sí misma y, por tanto, necesita explicarla, significarla. Y proyectarla en el tiempo y el espacio de la gran historia sin perderse en los intersticios de las pequeñas historias de las elites, de cualquier naturaleza, incluso las llamadas elites culturales.



¿Hacer cultura? ¿Para qué? II

(Viene de nota anterior) Significación cuyas primeros pasos se hunden en la conciencia mítica de la
humanidad. Desde el mito griego de Prometeo que roba el fuego y las artes a los dioses para dárselos a la humanidad sufriendo luego un castigo eterno, hasta la humanidad de maíz del Popol Vuh de los mayas todos los pueblos del mundo han explicado en mitos el origen de la cultura asociándolo al diálogo con los dioses.
La filosofía y la ciencia también han intentado explicar esta necesidad tan humana de construir sentido. Clásicos como la Caverna de Platón o El Porvenir de una Ilusión de Sigmund Freud son algunos de los infinitos ejemplos posibles.
Si hay un tema común en estos – y otros – textos es el de la ascensión. A los dioses, al conocimiento o las formas científicas que la modernidad supuso superiores. Pero siempre se trato de ciertos sacrificios para elevarse, a los dioses, a la razón o a la ciencia. Dialogar con un sentido trascendente.
Sentido trascendente para dar cuenta del ser humanidad en cada encrucijada tiempo espacio; el aquí y ahora presionado por la gran historia.
Un espacio planeta sobre el que transcurre la experiencia humana en un tiempo cuyas coordenadas se mueven más rápidamente por unas tecnologías digitales que ponen la otredad en el centro de nuestros hogares. Realzando paradójicamente la importancia del espacio y el tiempo local en una convivencia francamente caótica.
Esta relación global / local al que algunos autores han llamado glocalización es uno de los principales desafíos del hacer cultura de nuestro tiempo.
Un planeta mundo y nicho ecológico único pero sometido a tantas representaciones simbólicas como porciones de experiencia humana hemos sabido desarrollar. Cuyas condiciones ambientales son cada día un poco más inestables y donde ya no es posible pensar en el aislamiento como salvoconducto: el cambio climático afecta por igual – o casi – a quienes más contaminan que a las culturas que ancestralmente han sacralizado a la madre naturaleza.
Un planeta mundo que además de objeto físico es también, y cada vez más, objeto de diseño: los modos de transitar su geografía; de obtener los recursos para la vida; de cerrar o abrir pasos físicos – el canal de Panamá para citar lo evidente – y simbólicos mediante fronteras ideadas para aislar a los empobrecidos de siempre.
Un mundo diseñado que hemos heredado de la historia pero también un diseño que podemos cambiar si ponemos en crisis nuestros mapas culturales.
Y una sociedad mundo que aún no se libra de las tensiones raciales, religiosas y económicas heredades de la modernidad.
Una era que se caracterizó por la pretensión de uniformar la experiencia humana detrás de los valores de una cultura superior - la occidental - a la cual el resto de las comunidades debían aspirar para salir de la barbarie y el atraso.
En nombre de esa superioridad cultural se cometieron atrocidades de todo tipo: el nazismo y el stalinismo fueron, en algún sentido, la consumación técnica de esos "ideales".
El vaciamiento cultural de los pueblos sometidos fue la regla de la modernidad. Y eso no ocurre sin costos humanos de todo tipo, incluso para el dominador.
Necesitamos construir un nuevo paradigma que haga posible una multiculturalidad global más preocupada por la convivencia que por los flujos financieros. Pero esto no se hace volviendo al medioevo como proponen integrismos varios. Extremismos de distintos y enfrentados colores que sin embargo son socios a la hora de impugnar las nuevas convivencia posibles.
Promover – por caso – la guerra civilizatoria contra el islam es tan reaccionario como destruir las estatuas del Buda, decapitar gente frente a las cámaras, masacrar cristianos, negar derechos básicos a los tibetanos o mutilar mujeres.
La gran pregunta para hacer cultura en el marco de esta crecientemente conflictiva multicultaralidad global es ¿Como procesamos la diferencia?
Anclados en el pasado, como única dimensión de análisis, solo caben el miedo, la violencia "preventiva' y la venganza. Seguir quemando brujas y lapidando Magdalenas.
La única salida es ser capaces de diseñar una globalidad multicultural tan respetuosa de la diferencia como firme en la defensa de un piso mínimo para la convivencia: la declaración universal de los derechos humanos. U otra si esta resultara insuficiente pero alguna capaz de establecer un nuevo diseño para vivir mejor en un mundo mejor.
Pero al mismo tiempo necesitamos reescribir simbólica y materialmente el espacio local; la comunidad próxima, la del vecino de la otra cuadra porque es en esa instancia donde se juegan los aspectos más concretos de la vida: nacer, alimentarse, amar y morir. La digitalización del mundo no puede reemplazar la materialidad de estos actos. Podrá informarla, ampliarla en algunos aspectos, conectarla pero finalmente necesitamos tocarnos, sentirnos, olernos; allí nuestra corporeidad sigue pesando como en los albores de la especie.
No es posible imaginar el desarrollo del espacio tiempo local prescindiendo del espacio tiempo del mundo como no es posible lo inverso. Y ese desarrollo tiene una dimensión cultural de la cual el hacer cultura no puede desentenderse; aunque quiera.
Tiene, el hacer cultura, también un despliegue instrumental: cómo lo hacemos, con qué herramientas, qué conocimientos y habilidades necesitamos poner en juego.
Desde el artista que auto-gestiona su propio obrar hasta el administrador cultural de los grandes presupuestos son muchas las denominaciones que utilizamos para designar a las personas que se ocupan de hacer cultura.
La producción artística y cultural; la promoción sociocultural; la gestión cultural; la administración cultural son especificidades que con demasiada frecuencia son tratadas como meras sinonimias de un mismo hacer y que, sin embargo, son diversas aunque falte delimitar adecuadamente sus competencias.
Una delimitación que va mucho más allá de la precisión académica: son las partes necesarias de una cadena de valor que bien gerenciada tiene una enorme significación.
En primer lugar porque genera el sentido de comunidad, destino compartido, necesario para la convivencia planetaria. Y también porque supone recursos económicos, puestos de trabajo y proyección hacia los mercados globales.
Muchas de las personas que participan del hacer cultura se horrorizan cuando hablamos de gerenciamiento, cuotas de mercado, participación en el producto bruto y otras consideraciones económicas.
Pero lo cierto es que los mercados culturales representan entre un tres y un cinco por ciento de la economía global. Las variaciones en el número tienen que ver con la diversidad de fuentes y metodologías para realizar estas mediciones.
En cualquier caso vale la pena, para encuadrar el debate, recordar que según García Canclini el
complejo audiovisual es el segundo rubro de exportaciones de los Estados Unidos. Que el mercado cultural global beneficia en primer lugar a USA con una participación del 55%; a Europa con un 25%; a Japón y Asia con un 15%. Y que América Latina obtiene sólo un 5% de ese mercado.
Por eso cuando hablamos de hacer cultura debemos incluir esta dimensión económica no porque reduzcamos la cultura al mero mercadeo sino para obtener, también nosotros, los beneficios de nuestro trabajo. Y para que el diseño de ese mundo multicultural del que hablábamos párrafos atrás no se haga sin nuestras voces y sensibilidades.
En términos instrumentales necesitamos entrenar nuestro hacer cultura en todos los planos y niveles; un proceso que en nuestra región comenzó hace apenas algunas décadas y de el que ya es tiempo de hacer análisis, obtener conclusiones y afinar nuestro desempeño. Sobre todo con miras a lograr la profesionalización de quienes se gradúan en nuestros institutos técnicos y universidades.
Capital humano muchas veces desaprovechado por la persistencia de una visión de muy corto alcance del hacer cultura que reduce las instituciones culturales a meros adornos del poder político, social y económico.
Por último el hacer cultura tiene un diálogo académico que seguir construyendo con las ciencias que pueden dar sustento a sus capacidades: las ciencias del poder – derecho, economía, ciencias políticas – las ciencias sociales en general con un acento mayor en la antropología y la historia y con la estética en tanto meta discurso sobre los lenguajes artísticos.
Un diálogo destinado – si cupiera, el debate no es menor – a construir su propia especificidad científica.
El hacer cultura es hoy una práctica de innumerables rostros, necesitada de delimitaciones más precisas en sus especificidades; en pleno proceso de profesionalización y que está debatiendo sus necesidades y potencialidades académicas. También una actividad económica crecientemente significativa. Pero sustancialmente es una actividad que construye sentido para vivir en plenitud; para ser humanidad. Sin la dimensión del sentido de la vida, el hacer cultura queda reducido a una mera técnica.

07 enero, 2015

¿Cómo cobrar el primer trabajo en gestión cultural?

Una de las preguntas más frecuentes que hacen nuestros estudiantes dice, más o menos, así: me propusieron mi primer trabajo de gestión cultural y no sé cómo cobrarlo ¿hay algún parámetro que nos pueda sugerir? Tan frecuente es la pregunta que decidimos sistematizar la respuesta.
Lo primero que debemos decir es que el empleo cultural en la Argentina es muy complejo y que ha sido abordado por una publicación del SINCA cuya lectura recomendamos. 
Sobre la base de ese informe publicamos no hace mucha alguna breve reflexión bajo el título “Empleo cultural en la Argentina: techo o nuevo piso” donde proponíamos algunos debates sobre las posibilidades de empleo en el sector cultura de nuestro país. 
Hay además una serie de reglamentaciones que tienen que ver con el trabajo artístico y que sería muy largo de enumerar ya que van desde los derechos de autor hasta los sistemas a porcentaje o, incluso, el valor de las horas cátedras aplicadas al desarrollo de talleres, cursos y seminarios.
Sin embargo la consulta de nuestra gente suele referirse a una situación más acotada: alguien les propone una tarea específica por un tiempo determinado; generalmente ligado a una producción artística – una puesta de teatro o un festival, por ejemplo – o al desarrollo de una institución típicamente cultural – una biblioteca, un museo, etcétera.
Las tares que se les proponen a nuestros estudiantes van desde “hacer la prensa” hasta obtener financiamiento pasando por la formulación de proyectos o preparación de carpetas para aspirar a créditos, subsidios y premios.
Y aquí surge una primera división: cuando se trata de obtener fondos lo más aconsejable es que la tarea sea remunerada a través de una comisión – entre el cinco y quince por ciento según los volúmenes – más alguna cifra prefijada para gastos eventuales: por ejemplo pasajes o materiales gráficos que hubiera que preparar. La comisión es tanto más baja cuanto mayor es la posibilidad de obtener grandes volúmenes.
Un caso particular es de esto último es cuando se nos propone realizar una campaña de crowdfunding o financiamiento masivo. En estos casos debe haber un presupuesto que el público pueda consultar y, por tanto, debe ser transparente y muy racional; digamos que una comisión superior al cinco por ciento no tendría buena prensa. Sobre estas y otras plataformas les sugerimos consultar nuestra nota “Plataformas digitales y culturas sustentables”. 
Ahora bien ¿Qué pasa cuando la tarea que se le propone al estudiante o graduado reciente no está referido a la recaudación de fondos?
Una primera aproximación resulta de estimar la cantidad de horas que demandará la tarea en sí: por ejemplo dos horas diarias durante los diez días previos al lanzamiento de un espectáculo. Una variante de esto es fijar una cifra y un objetivo a cumplir: obtener cierta cantidad de menciones en un plazo determinado por un importe fijo que bien puede ser definido en función del salario mínimo que establece la ley. En este sentido debemos aclarar que estamos hablando de alguien que recién empieza; las personas con más experiencia manejan otros volúmenes en relación directa a la calidad de la agenda de medios que manejen.
Finalmente queda, nos parece, una pregunta ¿Cómo fijar el valor de la hora de un trabajo que no es de oficina y que no puede tratarse con los parámetros y controles habituales?
Aquí la clave está en el llamado costo de oportunidad que refiere a qué dejo de ganar por ocuparme de hacer esta tarea. 
Una persona que está realizando otro trabajo, cualquiera el sea, deberá descuidarlo, eventualmente perder oportunidades, por ejemplo de hacer horas extras, para ocuparse de aquello nuevo que le han propuesto. Ese es su costo de oportunidad y su precio. El cambio debe ser por lo menos neutro; es decir no debiera perder.
También puede ser que realice tareas no remuneradas pero que reemplazarla suponga algún tipo de gasto adicional. Por ejemplo si cuida sus niños deberá pagarle a alguien para que lo haga; he ahí su precio mínimo.
El valor de la hora, en este tipo de contratos, más o menos informales, surge de una negociación. Y quien está empezando una carrera profesional tiene un bajo margen de maniobra que irá incrementándose en la medida que crezcan sus contactos y su prestigio. De modo que la calidad de la propuesta que recibe es crucial en la consideración del precio a pactar: cuanto más puertas le abra la nueva propuesta de trabajo más tentada estará la persona de hacerlo aunque sea gratis. Y eso nos lleva al trabajo voluntario que suele ser un modo de acercarse al mercado laboral. Por lo menos en la Argentina.
Para esos casos la respuesta es muy simple: voluntario no significa sin reconocimiento. Lo mínimo que deberemos pedir es la visibilidad y acreditación de nuestra tarea. Tampoco explotación o condiciones indignas de trabajo. Por ejemplo, estar cuatro horas parado en la puerta de un museo – el caso es real – no es gestión cultural ni trabajo digno.
Quienes ya tienen una trayectoria en el mundo de la gestión cultural saben que los primeros pasos surgen de una combinación de estos ejemplos que hemos puesto. Y que esa combinación surge de los contactos previos y los que vayamos realizando, de las recomendaciones de amigos y colegas y, por qué no, de la suerte. Y que la suerte es aliada de quienes más caminan. Espero que les resulte útil y que nos dejen sus críticas, aportes y comentarios.

01 diciembre, 2014

9 de junio: día nacional de las músicas

En estos días se ha debatido - y bienvenido sea el debate - la idea de establecer el Día Nacional de la Musica conmemorando el nacimiento del flaco Spinetta.
Una carta de Juan Falu puso en discusión la conveniencia de tal decisión sin poner en tela de juicio el talento musical del flaco. Algo, el talento musical de Spinetta, en lo que estamos todos de acuerdo. 
Lo primero que se nos ocurre es que la expresión Día Nacional de la Música es, cuando menos, equívoco ya que la música es, en sí misma, uno de los lenguajes más universales.
Los que forman parte de un espacio nacional u otro - esto es unas condiciones de creación y no otras - son los músicos.
Son los autores, compositores e interpretes quienes crean en este lugar o desde este lugar un modo particular de expresar aquel lenguaje universal. Y, por tanto, son estas personas quienes merecen el agradecimiento y homenaje de toda la sociedad argentina.
Desde esta mirada ¿Por que no establecer como Día Nacional de los Músicos el día de fundación de SADAIC? La entidad que desde 1936 custodia y defiende los derechos de autores, compositores e interpretes.
En primer lugar estaríamos celebrando un hecho colectivo ya que, más allá del rol protagónico que tuvo Francisco Canaro, fueron los músicos de aquella generación quienes lograron un reconocimiento legal que antes no tenían y ahora se estaría ampliando. Y estaría muy bien que los y las músicas actuales celebren aquella herencia.
Por otro lado es bastante frecuente que los colectivos laborales - en este caso trabajadores de la música - celebren su día en consonancia con el reconocimiento de sus derechos o la fundación de sus organizaciones representativas.
Y por último, aunque no menos importante, se trata de una entidad que no distingue géneros ni estilos sino que custodia a toda la gente de la música por igual.
El 9 de junio es una fecha oportuna para celebrar el trabajo de todas nuestras músicas. Por lo menos, vale la pena debatirlo.

22 octubre, 2014

Empleo cultural en la Argentina: techo o nuevo piso

El Informe de Coyuntura Cultural del SINCA contiene, entre otros, un informe sobre empleo cultural
en la Argentina que es un muy buen aporte para aquellos que trabajamos en el sector. Veamos algunos datos:
En 2003 había 275000 personas trabajando en el sector cultura lo cual representaba el 2,1 % del total del empleo en nuestro país. Para 2013 esos datos son 467000 y 2,9 % respectivamente.
Es decir que el empleo cultural tuvo en diez años una tasa de crecimiento del 70% en cantidad de puestos de trabajo.Sin embargo en tanto participación del empleo total su desempeño fue más modesto: 0,8 décimas porcentuales.
Entre los desagregados que muestra el informe es interesante observar que uno de los sectores que más creció fue el el empleo cultural privado registrado que pasó de 136000 empleos en 2003 a 246000 en 2013. Un crecimiento del 84%.
El no registrado - es decir precario y, por tanto más inestables - pasó de 65000 a 85000 puestos de trabajo en el mismo período. Casi un 31% de crecimiento en diez años. Menor al registrado - formalizado, es decir de mayor calidad.
Los sectores más significativos en el empleo cultural privado registrado son: libros y publicaciones con 86300 puestos de trabajo, audiovisual con 52690, Internet con 45620 y diseño con 34340 puestos cada uno.
Considerando las jurisdicciones subestaduales la Ciudad Autónoma de Buenos Aires tiene, con un 2.6%, el porcentaje de empleo cultural registrado sobre total de empleo registrado más alto del país. Le siguen partidos del Gran Buenos Aires con un 1.1%, La Pampa con la misma cifra y Chubut con 1.0%. El resto de las jurisdicciones están por debajo del uno por ciento.
Por su parte el empleo público cultural creció un 48%, es decir bastante por debajo del privado registrado y también del autónomo que creció un 89%.
El informe detalla los aspectos metodológicos y los limites informativos del trabajo a los cuales remitimos al lector especializado.
El propio informe del SINCA destaca que los números muestran un cierto techo del empleo cultural en la Argentina. Es decir que podemos pensar en un crecimiento numérico pero en un estancamiento de su participación respecto del empleo total.
Debemos observar también el alto nivel de concentración del empleo cultural privado registrado en el área metropolitana de Buenos Aires. Concentración que lo es del total de nuestra economía y no sólo del empleo y la producción cultural.
Entre ambas observaciones, nos parece, está el gran desafío para el sector cultural en la Argentina: crecer en las restantes provincias; invertir más en la formación del capital humano especializado necesario para expandir en ellas el empleo cultural cuando menos hasta los niveles que muestra el AMBA.

30 julio, 2014

Plataformas digitales y culturas sustentables

Bajo el titulo "La industria cultural en la era digital" el diario Clarín de Buenos Aires publica, en su
suplemento económico, un articulo cuya bajada sostiene:

La industria cultural pre-Internet, poblada principalmente por conglomerados explotadores, estaba lejos de ser perfecta, pero al menos el régimen antiguo tenía alguna necesidad de cultivar las instituciones culturales, y de pagar por el talento en todos los niveles. Después vino la Web, que barrió con las jerarquías - y con los cheques, dejándoles a los creadores de toda clase sólo la posibilidad de convertirse fugazmente en “famosos en Internet”

Sobre este concepto - plataformas digitales - hemos escrito en este blog varios artículos que, entiendo, mantienen en general su vigencia:

Plataformas digitales y libertad creadora

¿Por qué plataformas digitales de acción cultural?

El espejo de Egipto: el lugar de Google

Esencialmente creemos que Internet ha permitido la emergencia de un nuevo tipo de medio cuyo objeto no es la producción de contenidos sino poner a disposición del público una plataforma de expresión pública basadas en vender la atención que, con tal empuje, logran captar.
Para el usuario es un micro medio - un blog como este, por caso - destinado a públicos muy específicos y segmentados.
Para las empresas - Google, Facebook, Linkedin, etcétera - la oportunidad de desarrollar mercados de la llamada economía de la atención que explotan no solo la publicidad sino una idea todavía mas refinada: el marketing digital.
Esto es posible en virtud de la rápida ampliación de públicos por un lado y la permanente reducción de costos - tanto en soft como en hard - por el otro.
El artículo que comentamos pone en discusión la validez de este modelo en términos de sustentabilidad cultural:  "Las masas creativas se conectan, crean y trabajan, mientras que Google, Facebook y Amazon cobran el dinero".
Subyace la idea de que las grandes firmas de Internet disfrutan de los beneficios económicos de un talento creativo que no pagan.
Curiosamente es el mismo argumento con que algunas telefónicas e incluso algunos cable-operadores se quejan de que son ellos quienes hacen las inversiones en infraestructura de red que hace posible el negocio de los gigantes de Internet.
Es que el valor de la red esta formado por la infraestructura de red, las plataformas y aplicativos que hacen de la red un medio atractivo y el talento de los usuarios para desarrollar nuevos hábitos. Es un negocio de tres patas y no de dos ni de una.
En este sentido el artículo acierta: son los usuarios la única pata no remunerada del negocio salvo por el hecho incontrastable de que disfrutan de servicios, contenidos e información impensables en la era analógica.
Y aquí conviene hacer una distinción previa entre tres conceptos que estando emparentados no son lo mismo: cultura, arte y entretenimiento.
La cultura es - debates sobre su definición aparte - la argamasa básica que permite la existencia de lo humano mismo. Toda sociedad humana tiene cultura en el sentido más amplio del termino y aun más: la cultura esta en la base misma de su convivencia y sustentabilidad.
Y cuando se producen desajustes tales que ponen en riesgo la continuidad y sentido de esa sociedad la cultura cambia precisamente en términos de garantizar la sustentabilidad de la misma.
Pasa de la recolección y la caza a la agricultura, inventa nuevas formas de energía y avanza a la producción industrial o amplia a tal extremo sus conocimientos y técnicas que desata una era donde el principal valor económico migra hacia economías de la inteligencia y la información.
Es decir: toda cultura es sustentable en si y cuando deja de ser así, cambia (lo mas frecuente) o desaparece.
El arte es el procesamiento y la expresión estética de esas experiencias, sus logros y sus contradicciones. Y, vale la pena aclararlo, también el arte se ve modificado por la tecnología: baste recordar el impacto que la fotografía significo para las artes plásticas o la propia Internet para la música.
El entretenimiento; y el espectáculo, su pariente bullanguero; son simples modos de pasar el tiempo que cuando se pretenden arte caen en el mas ramplón mal gusto; en la fórmula de Umberto Eco.
El arte y sus instituciones típicas - museos, galerías, bibliotecas y todo tipo de espacios patrimoniales - esta ensayando las mas diversas vías de explotar Internet incluso para fondearse. Ideame, y otras plataformas de fondeo masivo, son claro ejemplo de ellas.
¿Y que pasa con el entretenimiento? Desde la emergencia de la sociedad industrial está sujeto a las leyes del mercado y no vamos a repetir a esta altura los debates que al respecto ha propuesto la escuela de Frankfurt.
El entretenimiento es entonces un ecosistema muy diferente al de la cultura y el arte; depende de complejas operaciones de marketing, control de acceso a los canales de distribución, explotación del trabajo de los creadores, concentración de públicos y las mas diversas infamias que queramos achacarle a los mercados. Pero no desde Internet sino desde su comercialización como una mercancía mas.
Ya no estamos hablando del juglar del medioevo ni de los payadores de nuestra América sino de un "star system" manipulado por grandes capitales, aprovechado para vender desde jabones hasta autos a un publico que, la mas de las veces, entiende muy bien la diferencia entre espectáculo televisivo - por nombrar su medio emblemático - y arte.
La industria cultural se alimenta, alimenta y expresa tanto a la cultura, como al arte y al entretenimiento. Y para ello construyo un sistema de financiamiento que va desde el aporte del público, la publicidad y los dineros públicos. O acaso podría nuestro cine - el mas artístico así como las otras cinematografías - competir con Hollywood sin el aporte de créditos blandos, subsidios y cuotas de pantalla provistos por nuestros estados.
El verdadero desafío de nuestras industrias culturales - también en la era digital- es disputar la atención de públicos sometidos a las presiones de los grandes jugadores de la industria del entretenimiento.
El tango argentino es un buen ejemplo de esto ya que siendo una expresión cultural autentica es también arte y, por supuesto, entretenimiento que a punto estuvo de ser borrado por la industria global del entretenimiento en los años sesenta y setenta del siglo veinte. Y sin embargo logro sobreponerse.
En ese renacer tanguero influyeron en primer lugar los propios creativos del genero: músicos, interpretes, bailarines, difusores, etcétera. Pero también algún sector de la industria del entretenimiento que vio en el arte tanguero una oportunidad. Y, por ultimo, el Estado que tibiamente comenzó a impulsarlo.
La pregunta entonces no es por la sustentabilidad cultural que, ya lo dijimos, existe per se sino por la sustentabilidad del arte y el entretenimiento en general y especialmente en las plataformas digitales.
La respuesta esta en la convergencia del público que ha de seguir siendo el juez de ultima instancia tanto del arte tanto como del entretenimiento, de la industria cultural que habrá de seguir explorando las oportunidades - y amenazas - que las nuevas tecnologías le proponen y de nuestros estados que deberán seguir aportando fondos públicos para el desarrollo de nuestros mercados de arte y entretenimiento.
Cierto es que los aportes estatales debieran tender a optimizar su impacto frente a mercados cada día mas concentrados y hacerlo en, por lo menos, dos dimensiones:
1) formar productores y gestores culturales capaces de ampliar la participación de nuestros creadores en los mercados globales y
2) trabajar fuertemente en la formación de públicos un poco mas exigentes cada día
Ambos aspectos serán claves para evitar que los mercados concentrados de entretenimiento monopolicen la producción, circulación y consumo de valor simbólico dejando a nuestros artistas - en sentido amplio - sin trabajo.
Y sobre todo para evitar que uniformicen la experiencia humana trasegando espectáculos ilusorios sin hondura cultural alguna. Pero esto tiene que ver con las plataformas digitales pero también, y sobretodo, con la mercantilización de la experiencia humana y esa es otra discusión.
Una a la que ya nos hemos referido a propósito, entre otros hechos, de la llamada primavera árabe y el lugar de los medios globales, digitales o no.

Conflictos intra locales e inter globales siempre los hubo, baste recordar las guerras - extremo conflictivo - de los últimos cien años.
Pero habrá que sumar a estos - hasta hoy menos dramáticos que los de la modernidad - los conflictos propios de todas las convergencias posibles.
Hay bloque geográficos (América, Europa, Asia, etc.) comerciales (Asean, Mercosur, Nafta) lingüísticos (Hispanoamérica) culturales (Iberoamérica) e incluso alianzas de seguridad específicas frente a fenómenos delictivos globales como el lavado de dinero, la trata de personas o el narcotráfico.
Se trata de las mas diversas yuxtaposiciones de los diferentes modelos - y necesidades - de convergencia.
Las culturas nacionales y sus organizaciones (gubernamentales, públicas y privadas) tienen para la construcción de sus márgenes de autonomía un recurso privilegiado: promover el acceso de sus poblaciones a los sistemas globales de significación tanto en términos de consumo pero sobretodo de producción cultural.
Combinando los aspectos duros de la ecuación (costos de transacción, aranceles aduaneros, tasas de interés, etcétera) con componentes simbólicos de largo plazo. Esto supone políticas culturales más públicas que gubernamentales descartando todo intento de partidización.
Lo contrario supone correr el riesgo de quedar entrampados en la imagen que el espejo egipcio le devolvió al régimen de Mubarak: el masivo rechazo de las clases medias urbanas globalizadas a todo intento por salvar su continuidad; incluso los formulados por el presidente de los Estados Unidos.

Porque, en definitiva, la sustentabilidad cultural habla más de los pueblos y sus símbolos que de los ecosistemas artísticos. Y en ese terreno las plataformas digitales son una herramienta demasiado poderosa como para analizarlas sólo desde los mercados de arte y entretenimiento.

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