05 febrero, 2011

El espejo de Egipto: desafíos culturales convergentes


Finalmente el choque de civilizaciones no ocurrió. Como tampoco había finalizado la historia con la implosión del pacto de Varsovia. Ni Estados Unidos podía sostener su pretensión de superpotencia única y absoluta.
La agitación que vive hoy Egipto y otros países árabes, las modestas explosiones europeas - Grecia, Francia, Italia - y las sucesivas revoluciones informáticas así como la pertinacia políticamente conservadora del partido comunista chino plantean escenarios muy distintos de aquellos que se previeron en el último fin de siglo occidental.
Esta segunda década de nuestro siglo 21 parece responder mejor a Tofler que a Huntington.
Las bases materiales de la cultura humana se reparten caoticamente en las tres olas que describió aquel autor: la agraria, la industrial y la pos industrial también llamada del conocimiento por otros autores.
Aunque parezca obvio, la humanidad necesita de esos tres soportes para asegurar su continuidad. Y si bien la convivencia entre los bloques históricos interesados en cada ola es conflictiva nada hace suponer el triunfo de unos sobre otros sino mas bien su yuxtaposición en bloques de complejidad creciente.
Un solo ejemplo: las semillas destinadas a la agricultura fundan su valor agregado en el conocimiento y su puesta en el mercado en sofisticados sistemas de marketing y logística mas propios de la era industrial.
Cada bloque histórico juega sus fichas en la mesa del poder mundial con las armas fácticas que cada situación le otorgan.
Y lo hacen con el menor escrúpulo posible tal como ocurre desde los tiempos históricos.
Se conspira, se presiona y se negocian intereses con, casi, la misma obstinación que describió Maquiavelo.
En el plano material hay poco espacio para la ilusión: el poder fuerza los límites de lo humano tanto como puede. Y todavía puede demasiado. 
Pero además de base material la humanidad es esencialmente horizonte simbólico.
Un horizonte simbólico cuya construcción acumula historicidades milenarias sintetizadas desde hace un siglo por un actor que en sus orígenes parecía de reparto: las industrias culturales y sus naves insignia, los sistemas masivos de comunicación - radio, cine, televisión, internet.
Ellos han instalado en el imaginario humano dos elementos culturales trascendentes: el capitalismo y la democracia y los estilos cotidianos que idealmente se les asocian.
Capitalismo y democracia son presentados como los supuestos básicos de lo humano mismo sin importar demasiado qué cosas signifiquen el uno y la otra. O aún más: asignándoles significados no solo diversos sino francamente contradictorios.
Frecuentemente se los presenta como los peores valores existentes si se exceptúa todo lo demás. Trascendencia insuperada de la cultura tal y como ella es hoy.
Entre la base material de cada cual y ese horizonte simbólico implantado en el living de cada hogar vamos, los humanos, construyendo el camino hacia una humanidad definitivamente planetaria.
Pero visto que las bases materiales y los horizontes simbólicos tienen la precariedad de lo humano aquí y ahora el camino resulta inevitablemente sinuoso y desprovisto de toda certeza.
Según los medios -otra vez su preeminencia- los egipcios arriesgan su vida por libertad y trabajo pero  ninguna garantía tienen de que el régimen que emerja de la crisis pueda asegurarlos.
Es mas, no falta analistas mediatizados que alerten sobre el riesgo de una involución medieval de la sociedad egipcia y, naturalmente, de una parte significativa del mundo árabe.
El común de los mortales poco o nada sabemos de cómo impactará todo esto en el explosivo equilibrio del Islam y el mundo árabe. Tampoco de cómo serán afectados los intereses estratégicos de occidente.
Será la antesala de un vasto movimiento participativo y contradictorio o el inicio de una renovada experiencia autoritaria. O, lo mas probable, la apertura de una crisis estructural en la identidad cultural del mundo árabe.
Conclusiones apenas informadas por una pedagogía nacida de las pantallas de nuestro televisores, computadoras y celulares.
Simplificando puede decirse que la escuela de Frankfurt había previsto esta preeminencia de la cultura de masas sobre la cultura académica o mas refinada.
Pero, en los hechos, perdió la batalla discursiva. Entre otros aspectos porque la cultura de masas resultó más dinámica y flexible que la cultura académica.
Apocalíptica e integrada, diría Umberto Eco, la cultura de masas llevó el arte y el conocimiento - devaluados hasta cierto punto, es cierto - a casi todos los rincones  de la experiencia humana.
Sabemos de Egipto solo aquello que narran los sistemas globales de significación.
¿Pero acaso la enciclopedia británica era más veraz que la CNN? Ni una ni otra pueden asegurarnos que lo que ocurre en Egipto coincide con su relato.
De lo que podemos, casi, estar seguros es que no será la última revuelta que transcurra por fuera de los canales institucionales del estado, esa creación inconclusa de la modernidad.
La diferencia estriba en que la modernidad era un horizonte simbólico cerrado, previsible hasta en sus atrocidades.
En cambio los de hoy - ya se ha dicho - son tiempos de incertidumbre aunque paradójicamente menos crueles.
Los cientos de muertos de la revuelta egipcia son una tragedia para cada víctima y su entorno. Para ellos cada muerto es todos los muertos.
Pero en perspectiva histórica son irrelevantes ante los horrores de la modernidad. Baste mencionar la guerra civil española, el holocausto o los treinta mil desaparecidos de la ultima dictadura argentina.
Claro que, como los de Vietnam, los muertos egipcios están televisados al living hogareño. Significados por la industria cultural: los humanos toleramos mejor la muerte que el espectáculo mortuorio.
El régimen de Mubarak pretendió, apagón tecnológico mediante, detener la historia de su caída deteniendo el relato que de ella hacia la industria cultural.
Tarde. La historia posmoderna esta sobredeterminada por su relato pero ocurre en un territorio concreto, con sus proyectos y complicidades.
Un horizonte simbólico alimentado por los mass media, es cierto. Pero también sustentado en pactos territoriales que amalgaman intereses y símbolos otros que se constituyen en socios inestables de una negociación perpetua.
Global y local a un tiempo la experiencia humana oscila entre polos materiales y simbólicos todo el tiempo.
La modernidad construyó los escenarios privilegiados para ese transcurso: las ciudades. Allí, y casi excluyentemente allí, se construye la historia humana. Frenéticamente en los excepcionales períodos revolucionarios, sutilmente en los espacios mas grises de la cotidianeidad.
Pareciera - es nuestra tesis - que las ciudades son, lo sepan o no, glocales: su cotidianeidad está anclada en el territorio y su sustentabilidad en la capacidad de acceso a los sistema globales de significación.
Esos que hoy alimentan la ilusión capitalista y democrática de las clases medias urbanas.
Los sistemas globales de significación se expresan a través de las industrias culturales. Son las industrias culturales pero también otra cosa: redes institucionales prestigiosas y con la capacidad de subrayar espacios crecientes de la agenda publica global. También allí hay contradicciones, alianzas y negociación permanente.
Si este fuera el escenario de las próximas décadas de cultura humana ¿Que margen de maniobra tendrían las culturas nacionales?
Lo primero es decir que un personalismo treintañero sostenido a fuerza de terror no es una cultura nacional sino mas bien el emergente perverso de una cultura sometida a condiciones extremas de supervivencia.
Condiciones extremas en las que el occidente capitalista y democrático tiene una cuota no menor de responsabilidad.
Lo segundo es asumir que las condiciones de autonomía cultural que se perdieron en el siglo veinte no se recuperaran en el veintiuno. Alianza atlántica, pacto de Varsovia, tercero o cuarto mundo da lo mismo; la historia no vuelve por sus heridos.
Las culturas nacionales sí podemos ampliar, redefinir, fundar nuestras autonomías en las condiciones materiales y simbólicas del siglo veintiuno.
Las condiciones materiales están, como siempre ha ocurrido, vinculadas a las capacidades de acumulación, las disputas y negociaciones multilaterales, las guerras comerciales, la dinámica de los bloque regionales y, quizá en mayor medida que en cualquier otro tiempo histórico, a las bruscas oscilación en las porciones de rentabilidad que obtienen los distintos bloques capitalistas.
El horizonte simbólico de la cultura humana se construye, irremediablemente, en el marco de los sistemas globales de significación donde las culturas nacionales tienen su lugar si saben cuál es.
Google versus China y Microsoft versus Unión Europea muestran claramente cual no es y cual puede ser el lugar de la cultura nacional bis a bis los sistemas globales de significación.
El apagón tecnológico de Mubarak lisa y llanamente no califica en estos escenarios: es un burdo intento por tapar el sol con la mano.
Las culturas nacionales no están legitimadas hoy frente a las clases medias urbanas globales para regular los contenidos de los sistemas globales de significación.
Cualquier intento en este sentido es inmediatamente condenado por el emergente sentido común planetario.
Todo el poder material del secretario general del partido comunista chino no alcanza para desarmar el mayor prestigio simbólico del Dalai Lama.
Cierto es que la pertinacia conservadora puede darle algunos quinquenios de sobrevida al orden político chino. Un lujo posible en virtud del tamaño, enorme pero único, de su mercado.
El resto de las culturas nacionales pagarán, como le ocurre hoy a Egipto, a precios crecientes sus intentos por limitar los contenidos de los sistemas globales de significación.
Las culturas nacionales pueden sí intervenir en las condiciones materiales de acceso de las clases medias urbanas a los sistemas globales de significación a condición de que las medidas tomadas no sean percibidas de ningún modo como excusas discursivas para el control ideológico.
Paradigmáticos en este sentido son los recursos anti monopolicos interpuestos por la UE ante Microsof; o las preferencias por el software libre impulsadas por Brasil, Francia o Rusia y la propia China por citar algunos casos.
Otro espacio de acción autónoma son las medidas de fomento a las propias industrias culturales.
Es que las clases medias urbanas están irremediablemente convencidas de la existencia de una cultura humana capitalista y democrática a la cual quieren acceder del modo más rápido posible.
En pos de esa reivindicación legitiman al espacio local tanto publico como privado o gubernamental. Y lo hacen con la misma pertinacia con  que reniegan de él si sospechan que se les imponen barreras de acceso de cualquier origen e intensión.
Mas allá de como termine el episodio egipcio de esta historia, esa es la tendencia de largo plazo: la convergencia cultural de las clases medias urbanas en torno a los sistemas globales de significación.
Claro que hay otros actores, otros intereses y otras reivindicaciones. Lo no urbano, las clases no medias, los regímenes conservadoramente territoriales. Pero nada hace suponer que logren poner en retirada la protagónica preeminencia de las clases medias urbanas y su opción preferencial por los sistemas globales de significación.
Alguien propuso alguna vez, pensar global, actuar local. Hoy ese límite, si acaso existe, está muy diluido. Es necesario pensar y actuar global y local a un tiempo.
Conflictos intra locales e inter globales siempre los hubo, baste recordar las guerras - extremo conflictivo - de los últimos cien años.
Pero habrá que sumar a estos - hasta hoy menos dramáticos que los de la modernidad - los conflictos propios de todas las convergencias posibles.
Hay bloque geográficos (América, Europa, Asia, etc.) comerciales (Asean, Mercosur, Nafta) lingüísticos (Hispanoamérica) culturales (Iberoamérica) e incluso alianzas de seguridad específicas frente a fenómenos delictivos globales como el lavado de dinero, la trata de personas o el narcotráfico.
Se trata de las mas diversas yuxtaposiciones de los diferentes modelos - y necesidades - de convergencia.
Las culturas nacionales y sus organizaciones (gubernamentales, públicas y privadas) tienen para la construcción de sus márgenes de autonomía un recurso privilegiado: promover el acceso de sus poblaciones a los sistemas globales de significación tanto en términos de consumo pero sobretodo de producción cultural.
Combinando los aspectos duros de la ecuación (costos de transacción, aranceles aduaneros, tasas de interés, etcétera) con componentes simbólicos de largo plazo. Esto supone políticas culturales más públicas que gubernamentales descartando todo intento de partidización.
Lo contrario supone correr el riesgo de quedar entrampados en la imagen que el espejo egipcio le devolvió al régimen de Mubarak: el masivo rechazo de las clases medias urbanas globalizadas a todo intento por salvar su continuidad; incluso los formulados por el presidente de los Estados Unidos.

2 comentarios:

Leopoldo dijo...

Creo que cada explosión social es producto de esa sociedad y que no podemos comparar a los griegos con los egipcios. También creo que debemos analizar haciendo el esfuerzo de hacerlo desde el otro, porque podemos incurrir en el error conceptual de definir cuestiones que histórica y culturalmente son distintas… Porque es evidentemente distinto el concepto de democracia para un norteamericano, que para u haitiano o un egipcio.
Sobre los medios de desinformación masiva, podríamos hablar largo y no llegaríamos ni a la Escuela de Frankfurt, ni a Popper, ni nadie, hoy creo, sabiendo que los medios dicen lo que el interés de sus dueños quieren…
No sé si la explosión social de Egipto puede desembocar en el oscurantismo, pero aprendí que el pueblo movilizado puede derrocar un dictador con treinta años de poder y manejo del aparato político y apuntalado por el imperio, decadente y tambaleante imperio, pero aún “patrón de la vereda”.
Tomemos ese ejemplo, y no por vieja y remanida, dejemos de creer en esa frase que tantas veces gritamos: “El pueblo unido, jamás será vencido”.
¡Viva el Pueblo Egipcio!

Fernando de Sá Souza dijo...

Gracias Leopoldo por tu opinión. En primer lugar la nota habla de "Espejo..." precisamente para hablar de la imagen de lo que ocurrió y no de los hechos en sí. Para hablar de los hechos habría que estar en Egipto y tener un conocimiento profundo de su realidad y cultura que, desde ya, no tenemos.
Respecto de los medios, está claro que hablan desde sus propios intereses económicos, políticos y culturales. Pero de allí a la disinformación hay un paso enorme que no comparto.
Además está la cuestión de los "lectores" quienes decodifican también desde sus propios intereses, culturas, etcétera.
Es decir que se trata de una relación compleja que dificilmente pueda reducirse a criterios de verdad y falsedad absoluta.